lunes, 10 de diciembre de 2012

- Gracias por todo.

Y lo más triste es que llevo levantándome con el pie izquierdo desde que aprendí a andar...

Tarde oscura. Noche lluviosa.
Camino descalza sobre el duro asfalto.  
Las gotas de lluvia me empapan el pelo y recorren mi cara, precipitándose desde mi nariz al suelo mojado, del cual no puedo apartar la vista.
Quizá miro hacia abajo porque arriba no hay nada que ver.
Avanzo lentamente, no tengo prisa, no va a dejar de llover…
Una grieta en el pavimento hace que tropiece y caiga. Me duele todo.
Quiero alzarme y gritar bien alto que nada me va a detener, pero el silbido de la lluvia enmudece cualquier otro sonido y ya no tengo fuerzas ni para levantarme.
Pasan las horas y la lluvia es cada vez más intensa. No se ve nada, ya no recuerdo dónde estoy. Solo sé que sigo tirada en medio de la calle… Sola.
Me incorporo pesadamente hasta quedarme sentada… Y lloro. Lloro para desahogarme, para intentar sobrevivir, pero no sirve de nada. Mis lágrimas se entremezclan con la lluvia. Y ya no puedo más.
De repente siento algo en los hombros, calor, y unos brazos rodeándome desde atrás. Intento girarme pero no puedo, no me deja, me está apretando fuertemente en un abrazo. Me dejo llevar.
Intenta ponerme en pie pero es complicado y vuelvo a caer un par de veces antes de levantarme del todo. Vuelvo la cabeza, la preocupación brillando en tus ojos, tus brazos sosteniéndome y tus labios susurrándome al oído… “Tonta”.
Entonces me doy cuenta de algo muy importante… No volvería a caer.

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