Tarde oscura. Noche lluviosa.
Camino
descalza sobre el duro asfalto.
Las gotas de
lluvia me empapan el pelo y recorren mi cara, precipitándose desde mi nariz al
suelo mojado, del cual no puedo apartar la vista.
Quizá miro hacia
abajo porque arriba no hay nada que ver.
Avanzo
lentamente, no tengo prisa, no va a dejar de llover…
Una grieta en
el pavimento hace que tropiece y caiga. Me duele todo.
Quiero
alzarme y gritar bien alto que nada me va a detener, pero el silbido de la
lluvia enmudece cualquier otro sonido y ya no tengo fuerzas ni para levantarme.
Pasan las
horas y la lluvia es cada vez más intensa. No se ve nada, ya no recuerdo dónde
estoy. Solo sé que sigo tirada en medio de la calle… Sola.
Me incorporo
pesadamente hasta quedarme sentada… Y lloro. Lloro para desahogarme, para
intentar sobrevivir, pero no sirve de nada. Mis lágrimas se entremezclan con la
lluvia. Y ya no puedo más.
De repente
siento algo en los hombros, calor, y unos brazos rodeándome desde atrás.
Intento girarme pero no puedo, no me deja, me está apretando fuertemente en un
abrazo. Me dejo llevar.
Intenta ponerme
en pie pero es complicado y vuelvo a caer un par de veces antes de levantarme
del todo. Vuelvo la cabeza, la preocupación brillando en tus ojos, tus brazos
sosteniéndome y tus labios susurrándome al oído… “Tonta”.
Entonces me
doy cuenta de algo muy importante… No volvería a caer.
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