martes, 30 de agosto de 2011

Si pudimos mandar un hombre a la luna... ¿Por qué no enviarlos a todos?


Hasta la polla me tienes.
¿Te parezco especial? Pues tú a mi me pareces un hijo de puta.
Y no pienses que vas a seguir jugando conmigo, no, porque para cuando tú vuelvas yo ya me habré ido, me habré montado cinco orgías y me habré olvidado de que existes.
No voy a seguir haciendo el gilipollas por ti, cuando tú ni siquiera te preocupas por que yo sonría. Una cosa es hacer la gracia, y otra muy distinta es hacer daño.
Cada vez que miro atrás solo veo que tú eras el centro de toda mi atención, pero no más.
Que mira que hay peces en el mar y me tengo que enamorar del chipirón este… PUES NO ME DA LA GANA.
 
Porque se me pasó el puto veneno de efecto lento.

- Quédate conmigo.
- ¿Ahora?
- No. Para siempre.
Con tu puta madre te vas a quedar, porque yo no te quiero ni aunque te envuelvas en papel de regalo. Entérate, que no te toco ni con un palo atado a otro palo, ¡que me das ASCO!
Porque para mí ya no vales NADA.

lunes, 29 de agosto de 2011

Un día más y otro... Puercos.

Tumbada en la cama, miro al techo, inspiro profundamente y me embriago con su aroma.
Giro la cabeza, pero él no está.
4:53 am.
Me levanto deprisa y corro hacia el baño con la intención de vomitar cualquier resto de tristeza y recuerdos que aún queden en mi cuerpo.
No lo hago por placer, simplemente no puedo evitarlo: me entran arcadas cada vez que pienso en él…
Otra vez.
Me abrazo al váter intentando expulsar por la garganta el nudo que me oprime el pecho.
Ya está.
Me seco las lágrimas, la boca y me sueno la nariz.
Levanto la vista, haciendo una mueca de asco al ver un reflejo de mí misma mustio, marchito; un alma trastornada que pinta mis ojeras y abre surcos rojos en mi piel. Sangre seca por mi cuerpo.
Ya hace tiempo que no duermo.
Me da miedo que los sueños se junten con la realidad cuando despierto y darme cuenta que todo era mentira. Como también me da miedo no querer despertar…
Siempre he pensado en el suicidio, desde pequeñita, que soñaba con tirarme por la ventana para acabar con todo el dolor y el sufrimiento que reinaba en mi casa.
Supongo que fue la falta de cojones a hacerlo la que ha convivido conmigo toda mi vida, a la que hoy en día tengo que agradecer que siga aquí. Supongo que gracias a esa falta de cojones soy más fuerte y más paciente, esperando que pase el tiempo y borre todo lo que la memoria no me deja.
Vuelvo a mi habitación y me enciendo un cigarro. Humo, lágrimas y sangre se mezclan en un torbellino de recuerdos.
Él fue quien me enseñó a fumar. Pero él no está...
Nunca estuvo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Por ahora no.


Aire puro, noche oscura, sonrisa falsa.
Nada me impide que ese momento sea mío, solo mío.
Ando. Sin saber hacia dónde. Solo ando.
Miro a mi alrededor. Las pocas luces que envuelven la fría calle se vuelven cada vez más difusas, todo a mi alrededor comienza a emborronarse. Me seco las lágrimas que inundan mis ojos con la manga de la chaqueta y sigo andando. Sin prisa. Solo ando.
Miro hacia abajo y meto la mano en mi bolsillo. Sigue ahí. Lo aprieto fuerte, más fuerte, hasta que el filo penetra en mi piel y la palma de la mano comienza a sangrarme. A medida que aumenta el daño desaparece la única lágrima interior que me queda, insensibilizándome por momentos.
Retiro la mano y contemplo horrorizada cómo la sangre fluye al ritmo de mis latidos, cubriéndome la palma, la muñeca y sigue bajando – lentamente – hasta llegar al suelo donde cada gota choca y se esparce sobre el duro cemento, produciendo un estruendo ahogado que solo yo puedo oír, enmudeciendo cualquier otro sonido.
Bajo el brazo y sigo andando, como si nada pasase. Solo ando.
La cabeza comienza a darme vueltas por la falta de sangre, pero no le hago caso, ya queda poco.
Alzo la vista y allí está. Un paisaje embriagador que me hace olvidarme de todo, de todos.
Luces multicolores alumbran la ciudad a lo lejos y una suave brisa envuelve mis pensamientos. Me dejo llevar así por los primeros cánticos de los pájaros al despertar.
Todo es maravilloso.
Pasan las horas y no he movido ni un solo músculo. Tan solo la claridad del cielo, antes nocturno, me permite darme cuenta del paso del tiempo.
Ése es el único lugar que me permite dejar a un lado todo el sufrimiento que llevo a cuestas desde hace tanto tiempo.
Meto por última vez la mano en el bolsillo, palpando de nuevo ese filo ya tan familiar.
- No. Esta vez no. Volveré a casa por ahora.

- No te preocupes por mí. No volveré. No puedo evitar huir de esta batalla. Tú no lo comprendes. Yo estoy solo.- Yo también estoy sola. Estar solo es muy duro. Estás sufriendo, ¿verdad? A mí también me sucedía. Pero si estamos juntos, quizá nos compadezcamos el uno del otro. Incluso puede que nos separemos algún día pero ¿sabes?, eso no será el final. Yo siempre estaré ahí.