Tumbada en la cama, miro al techo, inspiro profundamente y me embriago con su aroma.
Giro la cabeza, pero él no está.
4:53 am.
Me levanto deprisa y corro hacia el baño con la intención de vomitar cualquier resto de tristeza y recuerdos que aún queden en mi cuerpo.
No lo hago por placer, simplemente no puedo evitarlo: me entran arcadas cada vez que pienso en él…
Otra vez.
Me abrazo al váter intentando expulsar por la garganta el nudo que me oprime el pecho.
Ya está.
Me seco las lágrimas, la boca y me sueno la nariz.
Levanto la vista, haciendo una mueca de asco al ver un reflejo de mí misma mustio, marchito; un alma trastornada que pinta mis ojeras y abre surcos rojos en mi piel. Sangre seca por mi cuerpo.
Ya hace tiempo que no duermo.
Me da miedo que los sueños se junten con la realidad cuando despierto y darme cuenta que todo era mentira. Como también me da miedo no querer despertar…
Siempre he pensado en el suicidio, desde pequeñita, que soñaba con tirarme por la ventana para acabar con todo el dolor y el sufrimiento que reinaba en mi casa.
Supongo que fue la falta de cojones a hacerlo la que ha convivido conmigo toda mi vida, a la que hoy en día tengo que agradecer que siga aquí. Supongo que gracias a esa falta de cojones soy más fuerte y más paciente, esperando que pase el tiempo y borre todo lo que la memoria no me deja.
Vuelvo a mi habitación y me enciendo un cigarro. Humo, lágrimas y sangre se mezclan en un torbellino de recuerdos.
Él fue quien me enseñó a fumar. Pero él no está...
Nunca estuvo.
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