Edificios marrones, beiges. Árboles verdes, decenarios.
Dieciocho años, nada cambia.
Miro el cielo, la infinidad a través de las nubes, pero no me siento pequeña, me siento yo misma. La misma que era hace unos años. Más madura, más mayor, más guapa y con más ganas de hacer locuras.
Exhalo el humo de un cigarrillo apoyada en el alféizar de la ventana y pienso.
Pienso en mi vida, en mis amigos, en mis amores y en mis desgracias.
No ha sido ni una buena ni una mala vida, simplemente ha sido mi vida…
Suena el teléfono, pero no lo descuelgo. No me apetece. Me apetece escribir pero no me sale nada digno de ser leído. Tener algo que contar y no saber cómo hacerlo, así es mi historia.
Decir ‘no’ cuando quieres afirmar. Pasear sola por la calle inundada de música, pero nadie la escucha, solo yo, cuando en verdad deseo irme de fiesta, estar con gente, con mis amigos. Mis verdaderos amigos.
Te quiero. Dos palabras que significan tanto y pueden no significar nada.
Puedes no decirlas pensando que la gente las da por sabidas, o puedes tenerlas todo el día en la boca sin que signifiquen nada.
Yo no soy de ninguna de esas personas. Yo las pronuncio en todo momento, por si llega un día en que de mis labios no salga sonido alguno, pero las digo con sentimiento, no por simple respuesta.
Yo soy de esas personas que necesitan estar enamoradas para sentirse bien consigo mismas; altibajos en estado puro. Por eso me enamoro de la gente: de mis amigos, de mis padres, de las personas que me sonríen en el metro.
No me gusta estar enfadada, por eso me dibujo una sonrisa permanente, una de las pocas que caracterizan mi personalidad. A veces es real, otras no, pero me ayuda a subirme el ánimo.
Aún así me gusta ir a contracorriente, discutir, no seguir modas, no estar de acuerdo, ser yo misma.
Honor es la palabra que me define. Honor hacia los que me quieren. Honor hacia los que me respetan. Por ellos daría mi vida. No opto por la violencia en vano, me gusta reírme de quien pierde los papeles, pero no me permito perderlos yo misma, por eso me resulta difícil protegerme. Aún así defiendo a los míos como si no hubiera un mañana, al estilo hooligans, con un bate de béisbol en la mano reventando cabezas, eso es lo mío, locura en estado primitivo.
El cigarro se me consume sin darme cuenta, me fumo los dedos y los labios pensando que aún queda tabaco, pero no, se lo ha fumado el viento.
Maldito viento.
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